jueves, 1 de octubre de 2009

Carta abierta a los hijos

Carta abierta a los hijos

Queridos hijos, ante el cariz que está tomando esta situación en la cual las posturas que personamos se presentan difícil de reconciliar en un afán de solucionarlo me veo con disposición de presentaros una carta que incluya una visión propia de los hechos, que pueda resultar clarificadora y ayude a arreglar el torcido renglón que escribimos de nuestra historia. Porque en realidad se trata de eso. Día a día, desde vuestro nacimiento hemos ido construyendo (escribiendo) nuestra propia vida, en la que estábamos implicados, no podía ser de otra manera. Por un lado los padres, por otro los hijos. Todos bajo un mismo techo.

Desde que los padres pasaron su infancia, en la que también fueron hijos y adolescentes, han cambiado mucho las cosas con respecto a la relación que tenían con sus padres y la que se tiene hoy o habéis tenido vosotros. Por un lado se ha intentado rectificar el déficit de derechos de los que antes se carecían, para por otro, recibir en contraprestación la respuesta por parte de los hijos respecto a ese aumento de “privilegios”. Y ¿cómo se ha recibido o cómo habéis respondido vosotros?, pues, pensando que erais los auténticos dueños de la casa. Precisamente vengo oyendo voces últimamente que lo califican como: El síndrome del Emperador.

Pero de todo esto surge y se plantea una cuestión seria. Los padres como auténticos dueños y gestores del espacio y economía en la que, y con la que se convive también tienen dignidad (por si no os habíais dado cuenta) y como cualquier ser humano si se le pincha, pues le duele y se queja. ¡Sí!, ¡efectivamente, son ellos!, los padres, los mantenedores principales de esa condición de convivencia en la que viven todos los miembros de la llamada familia unida. Para que esa familia pueda sobrellevar la enorme cantidad de asuntos por la que atraviesan en una rutinaria normalidad es necesario que todos arrimen el hombro en aras de la “feliz” convivencia, respetando ciertos roles que tenemos adjudicados. En la descompensación de esfuerzos comunes son los hijos de hoy en día los que se llevan la mejor parte, pues ellos suelen ser beneficiarios del esfuerzo paternal y por si esto no fuera poco, machacan con una batería de exigencias varias de su conveniencia o interés lo que carga aún más el ya de por sí cargado esfuerzo de sus padres. Todo esto, siendo malo, no es eso lo peor, se acepta como parte del compromiso adquirido en la paternidad, lo peor, lo serio y doliente, viene cuando el padre se siente despechado al verse herido en su respeto debido. Cuando se han sobrepasado las líneas de delimitan su dignidad. Es algo que vengo repitiendo: “cuando un hijo se salta el respeto a sus padres y toma atajos de conveniencia propia está caminando por un terreno pedregoso y resbaladizo de muy difícil retorno, si no es desde la humildad, jamás desde la soberbia”

Precisamente como os tengo por inteligentes, (si no fuera así, ¿para qué escribir esto?) os invito a reflexionar sobre los matices que se deducirían de este escrito que a la postre son los que nos conforman.

Con afecto: El padre doliente.

Sr. Rice

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