martes, 4 de enero de 2011

Crónica de lo cotidiano

Crónica de lo cotidiano
Voy a la churrería, hay pocos clientes, no obstante es tarde. A las 11’15 de la mañana ya debieran de haberse ventilado los desayunos aunque siempre habrá algún despistado de última hora, como yo. Una pareja mantiene sobre el taburete a una niña de rasgos orientales, mientras esperan que le sean servidos los cafés. La niña que debe de ser adoptada de China rechaza un churro que le ofrece su madre adoptiva.
Vuelvo para casa y me cruzo con una panda de chicas jóvenes, de 15-18 años, van todas muy monas y modositas, con vocación de novicias; se cruzan con una anciana, esta las pregunta si son las de la iglesia, ¡siiiiii! Contestan todas al unísono con claro interés participativo y todas igualmente pretendían relatarla las actividades que iban a realizar, hasta que una de ellas parece tomar la voz principal para decírselo ella sola, así mejor, incluso es más fácil entenderlo. Vuelven entonces todas con su paso en grupo común, dirigiéndose hasta la iglesia, están cerca. Más tarde, se presentan en casa la mitad del grupo, iban casa por casa explicando que es lo que harían, que si juegos infantiles, que si una misa a las seis, que si representarían un Belén, ¡que majas ellas! Yo la verdad es que amo a Laura… (¡)
Tengo que comprar leche, y voy al súper, no es el que acostumbro pero hay que repartir un poco el gasto. Allí me encuentro con B. me saluda amable preguntándome por todos; la cajera y dueña me dice-¿qué tal lo habéis pasado?, probablemente es la primera vez que hablo con ella en mi vida,- vale, bien- Le respondo,- en casa, tranquilos-.
Me dirijo a la calle y en la puerta me cruzo con una señora que intentaba entrar en ese justo momento, mantenía el pomo agarrado con la puerta abierta a medio pasar, se me queda mirando muy seria impidiéndome el paso y me dice, -dejen entrar antes de salir,- buenos días, buenos cojones crías,- estaba claro, era toda una cachonda mental, -y es más sano, hacerlo temprano- concluye, entre risas de todos entrando definitivamente al local.
Tengo la furgoneta averiada con la terrible helada del sábado noche ha sido imposible arrancarla y encima teniendo medio fundidos los calentadores que facilitan el arranque en frío. Ante tales situaciones suele uno agobiarse al resultar ser todo complicado, laborioso y un gasto imprevisto. Me encuentro con A. y me indica donde hay un mecánico al que acostumbra a ir, dice ser joven y bueno, con interés y correcto. Llego al taller y me recibe rápido, facilitándome todo y augurándome no ser tan caro como temía. Allá que le llevo la furgoneta, sólo toca esperar el resultado.
No estando mal podía haber estado mejor, aunque pensándolo bien, puede que en cualquier otro sitio la cosa hubiera podido ser terrible, porque 90 euros por cambiar los cuatro calentadores después de todo se da por bueno, incluido el presentarse en la puerta de casa a deshoras para rescatarnos. Tras la reparación, uno se siente, como decía la canción, “con esa tonta sensación de libertad” para poder desplazarnos, no poder ir a ningún sitio nos tenía atrapados.
Nos vamos a Sotillo de la A. pienso en R. que tiene un negocio en el pueblo y ¡mira tú! nos encontramos con ella en un escaparate, su niño juega con otros mirando los juguetes. Me acuerdo de mi infancia cuando hacía casi lo mismo y pedíamos a los Reyes lo que veíamos en los escaparates de las tiendas, nunca entendía eso de: “Se apartan juguetes para Reyes”, ahora ya no lo veo. Nos vamos a un súper Bar, de esos que cualquier objeto de decoración es espectacular, por decir un ejemplo, el grifo de servir la cerveza es ¡un saxofón!, pero un saxofón de verdad, esto es algo de una ocurrencia imbécil, pero como decía C. -hay a gente a los que Dios los castiga con dinero- y clarificaba,- a unos los castiga sin él y a otros con excesivo, de manera que no sabe en qué y cómo gastarlo- por eso tienen estos disparates decorativos o, como nos enseño allí mismo la factura de cuatro, ¡cuatro! Kilos de angulas que encargó a la pescadería que le suministra (es jefe de cocina de un restaurante de lujo) a razón de 750 euros el kilo, lo que ascendía el total a tres mil y pico euros para una cena de treinta y que tuvo un precio final de seis mil nosecuantos euros. Por eso no es de extrañar que ante negocios excesivos como este, la gente del lugar comente, que si blanqueo de dinero, que si esto que si lo otro, no se, no se…
En fin… cosas que pasan…
Rafa, uno de los dos.

2 comentarios:

juan antonio dijo...

Cuantos calentadores, tendrías, si el precio fuera el de la puta angula…perdón (pobrecita angula ) que culpa tiene ella que esta tranquila en el agua y viene un H.P. y la mata. Para que un obsceno rico disfrute y vacile con los amigos que ha comido, angula, la crisis amigo que no es igual para todos. Y esas pobrecitas Lauras, tan candidas repartiendo amor católico. Y ese padre que no sabe que la cultura gastronómica de los asiáticos no es la grasucha del churro….en fin hay que tomarlo con humor (buenos cojones criemos)

RBC dijo...

Imagina todo lo q sucede solo con cruzar la puerta de la casa, hasta se sale de lo cotidiano.

abrazoss