lunes, 30 de enero de 2012

Pepita Jiménez

Pocas veces tiene uno la sensación de haber visto tan de cerca el amor, de sentir su aliento, de entenderlo, de recordarlo, de revivirlo, de saber como es.
De cómo se ha ido conformando, acrecentando, creciendo; de cuales han sido sus tretas, sus vericuetos, sus rendijas.
Con qué maestra sutileza nos lo han contado, con que contención hermosa se ha ido mostrando.
El gran conocimiento del sentir traído a la palabra expresada con brillantez, con hondura, con genialidad.
De que graciosa y sencilla manera se compone el relato para crear el ambiente que nos conduce al entendimiento de los hechos para hacerlos nuestros, creíbles.
Llegando a un delicioso final que nos sorprende, al estar hartos de otros muchos, repetidos hasta saciarnos, al encontrarnos con este al que nos lleva dirigidos a una resolución fluida y amena, de ingenioso transcurrir.
Juan Valera entendía a la novela como un arte al que hay que idealizar y embellecer en el que se refleja la vida; busca el realismo porque huye de la fantasía y del sentimentalismo excesivo, también elimina los aspectos más penosos y crudos de la realidad y esto, sinceramente, hay veces que se agradece, no todo tienen que ser penurias. Pepita Jiménez es una delicia.
Rafael Cuevas.

1 comentario:

juan antonio uno de los dos dijo...

Hace mucho que la leí…y en su momento me dejo unas muy buenas vibraciones.

Tendré que releerla, es de esas novelas que no te importa volver a leerla y de paso la refresco, que mi memoria da desi lo que da.
Saludos