martes, 30 de septiembre de 2014

Pero que cosas más raras...

Pero que cosas más raras…
Jamás me había pasado algo que aun siendo habitual no es normal, como es la desgraciada caída y rotura de algún cacharro de los muchos que se contienen en el interior de las casas, pero en este caso por triplicado en un cortísimo periodo de tiempo, el suficiente para que esto suceda en diferentes acciones, que no en la misma que podría ser más probable.
Efectivamente, de probabilidades se trata,  puesto que como si de cálculo matemático se tratara en todas las acciones siendo muchas en las que nos  disponemos a realizar nuestro particular desenvolvimiento existe la famosa posibilidad de que salga mal, se venga al traste, se rompa o se desgracien algunos de los elementos que forman parte de tales acciones. Esto es algo al tener en cuenta, esa fatalidad que aparece a pesar de poner de nuestra parte para que así no sea, si no con un especial cuidado si, al menos, en base a una manera medianamente cuidadosa de comportarse, pero mira tú por donde, ¡chas!, sucede.
Me encontraba en la cocina, cocinando, que es algo que suelo hacer en esa estancia de la casa, para así llegar al estado de supervivencia alimentaria de manera que si puedo, lo hago algo más satisfactorio para el gusto, el mío, que es algo rudo aunque exigente y el de los sumilleres y críticos gastronómicos que habitan en un par de habitaciones, a veces leoneras, que hay por allí. En estas me dispuse a buscar en un armario alto lo que necesitaba para continuar con la elaboración. Quién fue aquel que dijo, que lo encumbro como lucido interpretador de la realidad, aquello de: “todo armario que se añada al hogar es susceptible de llenarse en  la misma proporción de que si no lo tienes no lo llenarías jamás”, luego, para qué tener armarios (excepto lo lógico, como es lógico) si lo único que se consigue es llenarlos y las más de las veces de cosas inútiles; además, cuando se llevan ya unos años habitando en una casa se produce un suceso extraño y misterioso, aparecen cosas por todos lados como si se reprodujeran unas con otras cambiándose de lugar caprichosamente. Tan es así que en el momento que fui a abrir la puerta del armario el frasco de la miel que nunca está en ese compartimento, debería de haberse apoyado a descansar tras su fatigoso cambio de localización sobre la puerta, de manera que al abrirse ésta, venirse al vacío en caída libre yendo a estamparse sobre el frío azulejo esparciendo por doquier los trozos de vidrio, menos los que se aferraban pegados a la propia miel que ahora se desparramaba lentamente arrastrándolos. Mientras miraba horrorizado el suceso bajé el brazo del tirador de la puerta en el que lo tenía sujeto con tan mala fortuna de ir a apoyarlo sobre la encimera rocé milimétricamente un frasco de brotes de germinados de soja en vinagre con el que iba a engrandecer la ensalada y que previamente había rebuscado hasta encontrarlo, dejándole al alcance para el posterior uso que no pude utilizar, puesto que con ese sutil roce, el tal frasco sin ni siquiera encentar, debió de tener simpatía por el riesgo al igual que el de la miel y opto por suicidarse como enamorado que pierde a su amante, espachurrándose justo al lado desparramando su contenido y continente al todas direcciones; el caldo aguoso, los brotes, los cristales…
Lo singular del suceso me dejó estupefacto. Urgía ahora recoger el desaguisado, pero ¿cómo? La miel se aferraba al suelo con insistencia y… ¡a los cristales! Utilizaba papel para arrastrándolo recoger la mayor cantidad, pero era inútil, esta miel artesana un tanto ya envejecida había perdido parte de su grado de fluidez pasando a ser bastante más espesa a cambio de una pegajosidad que dificultaba su recogida, por lo que en uno de los pegotes arrastre un trozo de cristal que me provocó una ligera herida sangrante en un dedo, teniendo que cortar la pequeña hemorragia mediante opresión que me limitaba los movimientos. Los brotes de soja se dejaron coger con más facilidad, que no laboriosidad, pues ¡de dónde demonios habían salido tantos! Necesitaba ahora la fregona que se encontraba en el baño y me dirigí a por ella, pero..., cuando voy a aferrarla por el palo, este se encontraba apoyado sobre un espejo de aumento, el cual llevaba con nosotros la friolera de quince o veinte años sostenido mediante un artilugio fijo y extensible a un lateral del mueble del lavabo, pero debió de hartarse de nuestra compañía y fue a desprenderse de su sujeción por no sé qué extraña magia y caerse de golpe por el suelo del baño, quebrándose en mil pedazos los DOS cristales de los DOS lados del espejo
Los habitantes del lugar acudían sorprendidos a la llamada de mi agitada sorpresa a uno y otro lugar pero, siguiendo estos a lo suyo, no ayudaron en la recogida que debí de hacer con resignación advirtiéndolos de no andar descalzo en cien años por el entorno, pues ¿no dicen los supersticiosos que cuando se rompe un espejo se tienen cien años de mala suerte?, ¿o es la sal lo que se tiene que verter…? De momento, ese mismo día a la vuelta del trabajo al que acudo en bicicleta, total son tan solo seis kilómetros la distancia que me separa, lo hacía con los auriculares puestos, cuando percibí semi ocultos entre las sombras a dos policías ciclistas. Debían ser los mismos que tan solo unos días antes me habían advertido de la infracción que suponía llevarlos puestos. Presuroso los retiré de las orejas introduciéndolos por el cuello de la camiseta. Sobrepase a los agentes sin problemas y, tan solo cinco metros más allá de donde estos estaban, los auriculares que se habían deslizado camiseta abajo cayeron hasta engancharse, enredándose entre los pedales y las ruedas con tan mala suerte que fueron a partirse en dos inútiles trozos. Esto me obligó a parar y desenredar los cables, mientras miraba de reojo a los susodichos que a su vez observaban en silencio mis manipulaciones. Glup.
Mon Dieu

RfCs 

4 comentarios:

Gemma dijo...

Anda que.... menos mal que no agarraste el aspirador :D

Yo cuando me levanto así procuro acostarme pronto, si la ley de Murphy me lo permite claro...

Un beso

Gemma dijo...

también te gustará..

http://www.adizesca.com/site/assets/g-la_ley_de_murphy.pdf

Temujin dijo...

Bueno, las desgracias nunca vienen solas y como dice el famoso refran:

"Dime con quien andas y te dire: Ya mi que me importa"

jejejeje

Juan Antonio H. dijo...

Todo es suceptible, de que si algo va mal puede ir a peor