lunes, 9 de marzo de 2015

Cuento

Hoy me he acordado de este cuento-chiste que no sé si llegué a publicar aquí hace tiempo. Tras rebuscar en el baúl donde los guardo y tardando en encontrarlo, por fin, lo logré. Como últimamente andamos algo perezosos en nuestros deberes, (que no por no tener nada que contar, que hay mucho y variado) lo vuelvo a traer no sé si de nuevo, algo parecido a  como los viejos rockeros, revisan una canción antigua para completar una compilación de su obra pasada.

Bajaba en bicicleta por una prolongada cuesta abajo lo que me provocaba una velocidad importante. Al llegar a la desviación por la que debía seguir, me encontré de repente con una cadena que impediría el paso a los coches y por ende a cualquier vehículo por entre los dos postes a los que me dirigía a gran velocidad.  Tuve que pegar un frenazo impresionante de esos que derrapan las dos ruedas y la de atrás culeando a derecha e izquierda hasta que conseguí increíblemente frenar justo a dos dedos de la cadena, que por suerte pude ver y frenando, no empotrarme de lleno contra ella.
-uff- pensé, nada más detenerme- ¿quién cojones habrá puesto esto aquí? P’a haberme “matao”
 Últimamente circulaba a diario por aquel camino y jamás la había encontrada cerrada, por eso mismo iba con confianza de creer tener la vía libre, lo que me produjo una cierta sensación de fragilidad que me dejó desosegado, de repente mi apacible ruta se hubiera podido truncar de manera violenta, quien sabe si hasta rodar la cabeza seccionada por el gran impacto de no haberla visto.
Me rehíce del susto y penetré al camino por un acceso aledaño cuando contemplé frente a mí, medio oculto entre unos arbustos, un coche de policía que permanecía con la puerta del conductor abierta y sin nadie en el interior. Observé alrededor buscando a alguien que hubiera podido salir del coche, pensando que debían de haber sido ellos los que probablemente me habían tendido la trampa con la cadena en el camino. No vi nadie y me extraño, -cómo era posible abandonar el coche de esa manera si no era debido a algún suceso extraño,-pensé- por algún lado cercano deberían de estar los policías de esa “lechera”.
Me detuve y puse el pie en tierra, desmonté de la bici y agarrando el manillar con las dos manos, avanzaba lentamente andando a unos diez metros del coche de policía. Tras aquellos arbustos se podía contemplar una gran superficie de terreno despejada para apreciar que por allí no había nadie. Serían sobre las tres de la tarde de un caluroso día de verano y no era de extrañar la soledad a esas horas, podríamos decir que intempestivas. La sombra de un cuervo que cruzó graznando me cubrió por un instante, las chicharras sonaban cerca y aportaban a la escena un grado más de aterrador misterio que no tiene por qué aflorar con nocturnidad y que me tenía perplejo. De repente sentí que el motor del coche estaba encendido, apenas hacía ruido al tratarse de un vehículo moderno, esto acentuó mi inquietud y casi di un respingo cuando del interior del coche se emitió esos típicos sonidos de las emisoras de radio al conectar y una voz desde la central de policía reclamaba la presencia de alguien de la patrulla, que no contestaba.
Mejor me piro y paso de todo esto –pensé p’a mis adentros. Decidí entonces largarme raudamente pedaleando y ciertamente asustado por la anormalidad de la situación, cuando, en el momento que hacía el ademán de montarme al levantar la pierna por encima del sillín pude ver inciertamente a alguien que parecía agachado tras el coche en una leve hondonada  y los arbustos y que desde esa posición y no otra, debido a la perspectiva en escorzo, se podía ver. Fue entonces cuando ya flipé en colores pensando en tiroteos, venganzas, mutilaciones, heridos, redadas sorpresa que me hicieron retroceder la pierna levantada y llevarla de nuevo junto a la otra al mismo lado de la bicicleta pero que malamente mantenían un tembloroso equilibrio. Un sudor frío se mezcló con el caliente, pues debía de hacer l’o menos treinta y ocho grados a la sombra cuando una profunda voz de hombre rudo, me gritó:
-¡Ehh tú! ¿Qué coño haces ahí?
-¿Yooo…? No… ¡nada, nada…! no…, yo ya me voy…, solo pasaba por aquí… - acerté a contestar con voz trémula
-Eso, eso, vete a tomar p’ol culo ¿no ves que estoy cagando joder? – me espetó
-Si…, ya…, ya veo. – Le respondí, esta vez sorprendido, más, si cabe – ya me voy…, ya… pero, de esto habrá que dar parte a la autoridad – me atreví, por último.
-Sí, hombre sí, por mí se la puedes dar toda, ¡No te jode, el nota…! ¡Amos pírate…! ¡Aireee!
Ahora sí que acerté a levantar la pierna y sentarme sobre el sillín, para nada más hacerlo apretar fuerte el pedal y salir veloz por el camino adelante. Cuando llevaba unos metros, giré la cabeza y pude contemplar como el tío, levantado, se abrochaba el cinturón. Después de raudo haber avanzado lo suficiente para haber perdido de vista aquella situación absurda, me paré en una sombra y no pude menos que darme un cachete en la cara, para decirme a mí mismo:

-¡Cómo se puede ser tan bobo y flipao…! Soy un gilipollas, gilipollas, gilipollas, gilipollas…

RfCs

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me recuerda el cuento de María Salamiento :D

Todo esto te pasa porque eres más bueno que el pan y lo serás siempre.

Saludos.