lunes, 22 de julio de 2013

El misterioso caso del coche móvil

El misterioso caso del coche móvil
Vivo en un barrio residencial como otro cualquiera a las afueras de Madrid, mantengo con los vecinos una relación cualquiera, con algunos de ellos, quizás, más íntima y amistosa, tanto como para conocer nuestras vidas y movimientos. Es por ese conocimiento por lo que a través del vehículo de un vecino de los que conocía de cerca, aprecié, sin ni siquiera caer en su seguimiento, un extraño comportamiento, y no por no comprender los motivos de sus apariciones y desapariciones, sino por resultar del todo sorprendente que estas nunca las llegue a visualizadas personalmente.
No hacía mucho tiempo recorríamos en ese mismo coche, casi a diario pequeños tramos circulatorios, propios de una relación cordial y fluida que de alguna manera nos obligaba a compartir, probablemente estas eran debidas a un tránsito cotidiano por la calle que delimitaba la zona de viviendas en el que habitamos, pura coincidencia.
Es por eso por lo que desde no hacía mucho estaba sorprendido de que esos encuentros no volvieran a producirse, o que se encuadrasen en el la más remota casualidad. Tanto es así que, llegue a pensar que aquello no era posible dentro del normal cálculo de probabilidades y que los movimientos, ya digo, apariciones y desapariciones del coche de su propiedad estuviese movido por alguna fuerza extraña o desconocida, pues, no podía imaginar que estos fueran debidos a premeditados intentos de esquivar que fuesen presenciados por persona alguna, del tipo, asomar la cabeza y si no hay nadie, salir presuroso a los asuntos.
Si bajaba por la calle camino del banco o cualquier compra cotidiana por ejemplo, y reparaba en la presencia del coche a un lado de la calzada, a la vuelta, lo podría encontrar en la otra acera, más arriba o abajo, dado la vuelta o había desaparecido, para más tarde, si volvía de nuevo a salir, pues acostumbraba a ausentarme de casa dos o tres veces a la mañana, lo podía encontrar de nuevo aparecido o en su defecto, si acaso hubiese permanecido en el mismo lugar que mi anterior salida, haber este variado de su situación previa. Todo un misterio, pues como digo, jamás veíamos a su propietario realizar esos desplazamientos.
Es por ello por lo que me encuentro aquí, doctor, pues todo esto empezó a obsesionarme de una preocupante manera. Cada vez que salía de casa, mi primera mirada ansiosa se dirigía a intentar encontrar ese vehículo de entre las filas de ellos que destacaba por su brillo especial de intenso color verde. Yo empezaba a intuir que si acaso no estuviese presente a la vuelta de mis quehaceres lo encontraría aparcado en alguno de los huecos de la calle, como efectivamente así ocurría. En mi delirante obsesión, algún día permanecí oculto tras un muro cercano durante varias horas, para ver si podía contemplar el extraordinario suceso por mis propios ojos, pero como suele pasar con estas cosas increíbles no se dejan ver tan fácilmente cumpliéndose la fatídica ley de Murphy.
Han pasado muchos meses desde entonces lo que me han dado la suficiente entereza para pedir un diagnóstico mental. Como usted verá me encuentro muy debilitado y cansado, y ya no puedo soportar más esta incertidumbre. Dígame, por favor, doctor, ¿Quién mueve el coche de mi vecino? ¡Digamelooo! ¡Ahgggg!

Rafael Cuevas
16 de julio de 2013

Este es un relato breve contra la incomunicación.

1 comentario:

Carlos Galeon dijo...

Me tenías completamente enganchado con el relato, cuando al final me has tranquilizado diciendo el motivo que te ha llevado a escribirlo: la incomunicación, ese gran problema de las grandes ciudades (sobretodo) que puede conducir al aislamiento. Y eso sí que es un gran problema.
Saludos.