viernes, 1 de mayo de 2015

PITIGRILLI LA DIVINA PROVIDENCIA

Fue PITIGRILLI referente  figura literaria de una cierta época, con todo lo que ello supuso, acá lo traigo en un pequeño relato, curioso, cuanto menos.

LA DIVINA PROVIDENCIA
Pitigrilli

Asomado a la ventana que daba sobre el balcón, el anciano profesor, inclinado sobre unos viejos prismáticos, miraba hacia abajo, perpendicularmente.
—¿Te exploras la barba, tío?
El profesor separó los ojos del instrumento, se dejó caer desde la frente hasta la nariz los lentes, y saludó al adolescente, que, con los pulgares en la cintura, las piernas abiertas, en camisa azul de manga corta y con la cara inundada por el sol, lo estaba mirando desde la grava del jardín.

El tío había enseñado durante cuarenta años no se sabe exactamente el qué, en una de esas instituciones femeninas en donde no se sabe exactamente lo que se aprende. Entrado en ella por casualidad como suplente de pedagogía, había más tarde suplido a los profesores de higiene, de historia, de ciencias, de geografía, y contrariamente al aforismo según el cual no se aprende bien más que lo que se ha enseñado, de todo lo que había enseñado había aprendido bien poco.

Una vez retirado al campo, cultivaba las lechugas —igual que Diocleciano, decía él—, e sub tégmine fagi —declamaba— dormitaba sobre Lucrecio, con la traducción al lado.

Las sobrinas y los sobrinos lo visitaban con frecuencia, y salían de su jardín con ramos de rosas y cigarrillos, y libraban su casa de antiguallas, que hacen tan viejo en una casa vieja, y dan un tono tan ameno a una casa moderna.
Como de costumbre, dio el té al jovencito, sin dejar de hablar. Cuando terminó, recogió las cuatro esquinas del mantel y fue a sacudir las migajas de las galletas fuera de la ventana.
—¿Proteges a los gorriones, tío?
—A las hormigas.
—Te diviertes con la entomología?
—No. Juego a la Divina Providencia.

En la historia de las religiones se había quedado en Salomón Reinach, y en la psicofisiología se había detenido en Moleschott. Nacido en plena discusión evolucionista, se creía un apóstol del darwinismo, y por haber estado en Túnez de joven, se había convencido poco a poco de que, para él, el África Ecuatorial no tenía secretos.

—¿Qué has dicho, tío?
El profesor repitió:
—Juego a la Divina Providencia.
Y antes de que el jovencito le invitara a que se explicara, se explicó:
—Cuando llegaste, yo estaba observando a las hormigas con los prismáticos. Entre la pared y la losa de piedra de mi balcón hay un hormiguero. Mejor dicho, hay dos. ¿Nunca has observado a las hormigas?
—Superficialmente —admitió el sobrino, que de la hormiga sabía que era laboriosa, que segrega ácido fórmico, y que, como todos aquellos que son negados para el arte, contesta villanamente a la cigarra.
—Te daré algunos libros —dijo el profesor, y le citó esos dos o tres autores que figuran en toda librería—. Pero, no es principalmente su organización lo que yo observo, sino su comportamiento metafísico.
—¿Metafísico? —se asombró el joven, que se estaba preparando para obtener el título de bachiller—. Según William James, el único animal metafísico es el hombre.
—Pues bien, yo hago metafísicas a las hormigas, De momento no puedo darte una demostración práctica, porque el sol está dando sobre mis dos hormigueros, y el grueso de la colonia está retirado hasta la puesta de sol. Yo reconduzco a las hormigas al estadio del hombre en los albores de su vida mental. Reproduzco a la escala de las hormigas todos los fenómenos, que han dado origen a la moral, a la religión y al sacerdocio.

-¿Cómo lo haces?
El profesor se atusó la barba con los dedos:
—Creo para ellas —contestó— lo sobrenatural.  Fabrico entre ellas los magos, los videntes y los grandes iniciados. Produzco el milagro. Doy el premio e inflijo el castigo. Escucho favorablemente si deseos. Cuando han perdido toda esperanza, llego yo. Yo soy la Providencia inmanente. ¿Comprendes?

—No, tío.
—Ante todo —y lo condujo hacia la ventana— las observo. Para construir sus galerías, sus dormitorios, sus silos, derriban un poco de pared y saca al exterior el material de excavación y de derribo ¿Ves aquel montoncito de arena y de cal? Con finalidad de que el ambiente sea seco y templado lo pavimentan con briznas de hojas, con astillitas de madera, con agujas de pino, que algunas veces van a buscar a mucha distancia.

De repente hago que encuentren, junto a la entrada, una inesperada provisión de astillitas de lápiz y de tabaco c pipa. Es decir que reproduzco lo milagroso. Un frenético atareamiento de las hormigas demuestra s alegría y su sorpresa. Una de ellas se encarga de avisar a la colonia, la cual sale igual que un torrente para comprobar el prodigio.

Estos animalitos hallan en la tierra desde la mitad o desde finales del período paleozoico, es decir desde... —y el profesor dijo un número de siglos capaz de producir vértigo— y tienen tras de sí algunos millones de millones de generaciones.

El hombre, queriendo ser generoso, y remontándonos al pitecántropo, tiene tan solo dos millones de generaciones. Una bagatela. Así se explica cómo la hormiga ha llegado a una forma definitiva y perfecta de sociedad y de constitución, mientras el hombre, que empezó a organizarse hace nueve mil años, se halla todavía buscando la mejor forma de gobierno.

Las hormigas, decía, están acostumbradas a la salida del sol, al ocaso, a la lluvia, al buen tiempo, es decir, a los fenómenos naturales. Prevén las variaciones del tiempo con una exactitud capaz de humillar a un barómetro y de asombrar a un observatorio. Mas todo lo que les ocurre es normal: es lo que han visto millones de antepasados suyos, lo que decenas de milenios han inscrito ya en su instinto.

Finalmente yo, por primera vez en la historia de la civilización de las hormigas, las coloco frente a lo sobrenatural, a lo maravilloso, a lo asombroso. Yo marco una época. Mis dones son, para ellas, intervenciones sobrenaturales, como las tablas de la ley, la Tierra prometida, el maná del desierto, el paso del Mar Rojo. Cuando de noche, para vigilarlas, enciendo a algunos centímetros de su brigada nocturna la pila eléctrica, creo un prodigio comparable al fenómeno solar de Josué. Pero yo no me contento con desconcertarlas. Sería una experiencia Inconclusa. Yo multiplico el milagro, lo perfecciono. Ejemplo: pongo a su disposición un rectángulo de grasa de jamón, de lo que son muy golosas.

Si ante sí tienen todo el día, lo consumen en el mismo sitio y no se lo llevan a su casa, porque saben que es un material deteriorable. Al acercarse la noche, terminada ya su comida, se preocupan de taparlo a fin de que sus enemigos, como las ratas y los mirlos, no se lo leven. Y entonces se van a buscar astillitas de madera o granitos de arena, o trocitos de hoja de estaño.
¿Me sigues?
—Sí, tío. ¿Y qué más?
—Y entonces hago que encuentren, de repente, un montoncito de tabaco de pipa medio quemado. Excelente material para tal finalidad. Es el milagro que se completa, que se perfecciona. De pronto, las privo del jamón o del tabaco. Espanto general. Y nace en ellas la idea del castigo.
—¿Castigo de qué?
—No lo sé. Así como el hombre primitivo, herido por lo que consideraba un castigo, imaginó que la culpa debía de ser la causa de ello, así las hormigas deben de pensar que no han observado el descanso dominical, o que han dado indigna sepultura a un profeta, o que han matado injustamente a un individuo de una colonia amiga o competidora, o de haber faltado al respeto a un anciano.

El perro, el niño, el pueblo consideran encomiables las acciones después de las cuales reciben un pastelito, una caricia, un honor, y reprobables aquellas tras las cuales reciben un puntapié.

Es tan difícil definir la culpa, que el código francés llama delitos a los que están castigados con detención, y crímenes a los que están castigados con trabajos forzados, como el que no pudiendo definir lo que es un buen cuadro dijera que son buenos cuadros los que cuestan caro. Pero no divaguemos. Volvamos a las hormigas.

Una vez recibido lo que consideran un castigo, una hormiga moralista inventará el concepto de culpa, de mal y de bien. ¿En qué hemos faltado? se preguntarán. ¿Quién es el culpable? Quizá seamos culpables todas, pensarán. Alguna, de imaginación más rica, dirá algo sublime. Entonces yo dejo caer una lluvia de rectángulos de grasa de jamón, y la hormiga que ha hablado sabiamente se convierte en un mago, un hechicero, un sacerdote, un iluminado, un filósofo.

Más allá hay otro hormiguero al cual yo no le hago dones. Las hormigas del primer hormiguero creerán ser el pueblo elegido, igual que aquella tribu de beduinos que por haber vivido entre dos ríos se creían superiores a los que vivían en un terreno seco.

—Piensa, tío, que el pueblo elegido se consideró tal no en virtud del Tigris y del Éufrates, sino porque Dios habló a sus patriarcas.
—¿Y yo no soy su Dios?
—No creo, tío, que hagan tan sutiles razonamientos.
—iAh! ¿Crees entonces, pues, solamente en el instinto?
—Así me han enseñado en los cursos de psicología.
—También yo enseñé estas cosas en mis tiempos —contestó el tío—, pero si bien el capítulo del instinto y el capítulo de la inteligencia están netamente diferenciados en los libros, yo no creo que sean dos cosas distintas. Si el instinto —y se volvió hacia el retrato de Darwin que pendía de la pared— es “la memoria de la especie”, las hormigas, ante el nuevo caso que yo provoco, deberían mostrarse indiferentes. Solamente lo que es habitual debería regular sus actos, y el hecho nuevo no debería ni tan siquiera fijar su atención.

En cambio, yo provoco su discusión, su decisión, su acuerdo, su asombro. Si yo, con una jeringuilla, inyectara agua en sus galerías, crearía la leyenda del diluvio, el cual, como tú sabes, no fue otra cosa que un recuerdo novelado de una inundación del valle del Mediterráneo. Su cráneo, no mayor que un granito de mostaza, aunque sea para usar una comparación ilustre, no debe, por la modestia de su volumen, dejarte escéptico sobre su aptitud para pensar. El asno de Buridán tenía un cráneo centenares de millones de veces más capaz que el de una hormiga, pero la hormiga resuelve problemas que no ya el asno de Buridán, sino un chico inteligente no sabría resolver.

La relación de causa a efecto es el primer acto intelectivo: es el principio del razonamiento. La justa interpretación de las relaciones es el origen de las ciencias: una errónea interpretación de las relaciones es el origen de las religiones. Yo creo la religión de las hormigas y me convierto en su dios. Si me alejo de la ventana, los gorriones vienen a picotear las migas; si me quedo, no se atreven a acercarse. Las hormigas ocupadas en almacenar las provisiones dirán, aludiendo a mí: “Con tal que Dios no nos abandone...”

* * *

El sobrino miró la hora, se despidió del profesor, prometió volver pronto y se marchó con los ojos bajos para no pisar las hormigas del tío.

* * *
—¿Nada nuevo? —preguntó una hormiga que había ido en busca de resma, a una hormiga que había quedado de guardia.
—Nada nuevo —contestó ésta—. Todo en orden, gracias a Dios. El viejo chocho que se entretiene en nacernos regalos e infligirnos castigos, ha recibido una visita.

Y continuaron su camino, hablando de cosas más serias.

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