miércoles, 29 de octubre de 2014

Carmen París en la Sala Galileo Oct. 2014

Capitalismo de salón y JOTA.
Vale, partamos de la premisa de que siempre ha habido y habrá listos y tontos. Esos primeros son los que se  han encargado previamente de reservar mesa para el concierto y los segundos somos los que llegamos  y nos encontramos que tenemos que soportarlo, dure lo que dure, de pie,  de plantón; los primeros los que convocan al personal a cierta hora para retrasar deliberadamente el acto casi cuarenta minutos, supongo que para poder consumir durante ese tiempo y así aumentar los ingresos y, los segundos los que haciendo malabarismos podemos llegar a la hora prevista teniendo que aguantar ese tiempo añadido de espera ¡y consumo! Unos  los que se tienen por graciosos, otros los que les reímos las gracias, que maldita la gracia que tenía; Los que alrededor de su mesa disponían de sillas de más y que utilizaban las sobrantes para colocar sus pertenencias al alcance, a la vista y sin vergüenza, si algún tonto se la solicitaba, o la cedían de mala gana, o se excusaban de una ocupación que no acababa de llegar; los que cortaban la señal de teléfono mediante un inhibidor de señal (¡algo inaudito!) a todos los asistentes porque unilateralmente deciden que eso está bien, jactándose de ello, y los que lo consentimos con sorprendida tolerancia; los que te cobran cinco euracos por una cerveza y los paganinis sumisos; los que se colocan estratégicamente para realizar las grabaciones de video desde distintos ángulos y los lelos que debemos evitar interponernos con mirada precisa de delineante; los fotógrafos  variados que tomaban fotos a todos los presentes desde distintos ángulos y los que posaban fingiendo el gesto, en honor a la verdad he de reconocer que gracias a cosas como estas y otras, toda la sala se iba homogeneizando a la tontería.
Pero había aún allí algunos que gozaban de amplios espacios como sofás que despanzurrados en los mismos sin levantar el culo, no vaya a ser que alguien se lo quite, parecía que acotaban su privilegio de manera casi altiva, abriéndose de piernas y colocando los brazos extendidos  sobre sus respaldos, ocupando así cualquier resquicio que fuera a rellenarse con algún “pringao”
Dicho esto, que igualmente forma parte de la experiencia que supone presenciar un concierto musical, empezó el gozo.
Es Carmen París mujer de singular talento que como bien destacó Fernando Iñiguez, allí presente, a la postre conductor del programa Tarataña de radio tres, “lo es en un país de mierda, que no reconoce ni valora a sus artistas” (literal) Algo que repitió la propia Carmen incluyéndose entre los susodichos sin modestia ninguna, para qué, lo sabe porque se siente artista y en efecto, lo es. Lo cierto es que Fernando I. se declaró amiga de la artista lo que por otro lado no deja de sorprenderme lo amigos que se hacen los que están en otras dimensiones de la sociedad, no así los simples mortales que vamos a los espectáculos y nos volvemos a casa tal cual salimos, más o menos regocijados, es lo único.
Me encanto Carmen, y lo hizo por su desparpajo, simpatía, naturalidad y sencillez, a la vez que verdadero portento en el canto y composición de las canciones y lo que es mucho más difícil, la innovación vanguardista creadora de un peculiar estilo que no es porque sea el suyo, sino por ser de su invención, de quién sino sería el atrevimiento de fusionar la jota y el jazz quedando esto, algo así como bien resuelto. Lo que cabe deducir es, cuál es el estilo que mejor se adapta a la fusión, el Jazz o la Jota, el ajo o el perejil o, incluso la genialidad de conformarlo bien integrado cual preparado para rebozar, rebozarnos.
Presentaba las canciones Carmen con gracia y salero, desenvoltura y campechanía, puedo llegar a decir que incluso excesiva puesto que cuando tocaba trasladarla al inglés pudiera parecer que lo hacía entre risas, o al menos marcando la diferencia de su concepción en uno y otro idioma como buscando una justificación, que siendo honestos con el arte: ¿Debiera de hacerlo?
Un excepcional acompañamiento musical de una calidad inaudita, compuesto por un Cubano al  piano y dirección musical, un baterista Uruguayo y un contrabajo Baturro, formaban una deliciosa base musical jazzística con algunos picos o improvisaciones solistas, en la que Carmen se sentía comodísima desarrollando los temas con espectacular maestría. Revisando en clave de jazz, algunas de sus anteriores trabajos en lo que según nos dijo, se habían quedado a las puertas de este estilo, lo que también nos dice lo cerca que andaba de él. De cualquier manera tocó varios palos: jota, jazz, afro cubano, hasta casi chotis, adaptándolos a su particular estilo tan maravilloso. Una artista total. Incluso se permitió el lujo de completar la actuación con el único vis del concierto, haciéndolo en solitario, tocando el piano mientras cantaba, una especie de potpurrí de joticas, o coplas modestas que ella se encargaba de hacerlas grandes.
En honor a la verdad debo de decir que apreciaba un cierto malabarismo, aunque eso sí, no se le caían las bolas y eso que lo hacía con ocho, cuando buscaba cantando, y encontraba, introducir una esencia jotera, pues realmente era capaz de condensarla, en tan complicado estilo musical que por otro lado tanto absorbe, como es el Jazz. Ese tal malabar artístico se encontraba, o al menos eso apreciaba yo, más cómodo cuando la canción giraba al español, daba la sensación que era como que había atravesado un túnel y en un punto salía a la luz, y no porque uno entendiera el idioma sino por parecer la canción realmente liberada de una atadura que la forzaba a fingir. Por otro lado es cierto que  esto también aportaba a la canción de una belleza especial.
Para terminar sucedió algo igualmente inusual, el barbudo colaborador de El intermedio, pretendidamente gracioso, llamado Antonio Castelo, que como digo, de gracioso nada, volvió de nuevo al escenario, temiéndome yo el insufrible castigo de su presencia y lo hizo para realizar una entrevista en directo, con preguntas de la propia audiencia que el susodicho se encargaba de embadurnar, unas azafatas muy juvenilmente azafatadas, prestaban el micrófono al quien se lo solicitara. Era como en esos partidos de Roland Garros en el que una vez acabado entrevistan desde la pista de tenis a los jugadores. Todo parecía moverse, imagino que por desgracia, que no por gracia del conductor, entre los términos de jocosidad absurda, como el hecho de solicitar a los preguntadores por su signo de zodicaco y respeto del respetable, pero esta situación nos presentó a Carmen París desde otro ángulo, del cual, generalmente huyen los artistas, saliendo pitando de los escenarios y que ella aguantó con simpatía y profesionalidad, a pesar de vérsela algo afectada por la voz tras un imponente concierto.
Cuanta Carmen que una profesora de canto en su infancia la auguró que si se dedicaba a cantar la Jota, acabaría con las cuerdas vocales destrozadas puesto que la exigencia de tal cantar es de grado sumo. Ella se dedicó durante unos siguientes años al baile que no al cante, lo que la preservó de tales efectos. Una vez retomado su camino de cantora dejando tras de sí un sin par rastro de colaboraciones, compromisos y cuatro maravillosos discos publicados, Carmen modula su voz de manera poderosa y magistral, guardándose para sí el punto alto de la vibración vocal con un elegante requiebro, adorno que la libera de destrozar su garganta, aunque más de uno echara de menos en alguna ocasión más la entrega suicida del artista.
Salimos del local, la sala Galileo Galilei, presurosos después de haber pagado tan solo once euros, cuando en realidad costaba diez, ya un listo se encargó de cobrarnos por los gastos de gestión un euro de más, algo que por otro lado no van a ninguna parte, y digo presurosos puesto que habíamos dejado nuestro coche en un garaje de otro listo que nos cobró diez euros, (lo mismo que por una entrada), por el rato que permaneció en su nave resguardado y que clausuraba sus puertas a las doce en punto, lo que nos obligaba a estar pendiente de no sobrepasar esa hora. Visto así no parece justo que el precio de la entrada de un concierto y lo que ello conlleva sea equivalente al guardar nuestro vehículo y lo que ello conlleva. 


Pequeños momentos mal tomados con el movil (detras del pianista, arriba un poco a la derecha se encuentra Fernando Iñiguez)

Ya que salimos algo precipitados dejando en el escenario al barbudo sin gracia y la graciosa sin barba, lo hicimos con ganas de algo más, que fuera tomarnos algo comentando la jugada y así lo hicimos. Este Veroño madrileño invitaba a una terraza de aire libre pero las circunstancias nos llevaron al garito de referencia: El Cocodrilo, propiedad y gestionado por el único superviviente del grupo Burning, (Johnny Cifuentes, teclados) ubicado en nuestro modesto barrio. Introduciéndonos comprobamos que se estaba desarrollando una actuación musical, que aunque parezca mentira en ese momento no nos apetecía, luego…, salimos igual que entramos, aunque algo incómodos, no me gusta despreciar, así sin más, tales  espectáculos, por lo que fuimos al otro bar de copas que se encuentra justo al lado. Al rato, fue ella quien reparó: todos los presentes en el local eran feos. Comenzó nuestro gracioso repaso y comprobamos que el pub estaba efectivamente lleno de tipos y tipas de sorprendente fealdad, algunos incluso en quienes la naturaleza, o los años de amargura, se había cebado en ellos, pues entre quienes estaba medio borracho, o borracho entero, hablaba a voces, o contemplaban la televisión con inusitada bobería en silencio, no había alguien con apariencia de algo de felicidad, ni siquiera cercano a la hermosa edad de oro de la vida, y sí maduritos abandonados con dilatados triponcios. No es que suela dar importancia a estas cuestiones, antes bien, se la quito, en parte porque todos sucumbiremos en tales desagües directos al vertedero, más pronto que tarde. Tan solo fue un rato de gracia promovida por una circunstancia extraña que nos produjo una hilaridad, la misma con la que abandonamos el sitio para irnos a soñar acurrucados por los ecos de la bella, eso sí, actuación que habíamos presenciado tan solo un par horas antes.

RfCS

1 comentario:

Juan Antonio H. dijo...

Esto es lo que se dice cerrar el circulo, se empieza con el feo comportamiento de la gente y se acaba viendo feos en un bareto…eso si un paréntesis que al parecer fue tan bonito que eclipso todo lo demás.